La amapola no tiene olor, una flor singular y atemporal, una flor que vive en la ciudad.
En la ciudad surge una flor roja. Sencilla y hermosa. Frágil y fuerte. Imprevisible, la amapola crece allí dónde nadie se lo espera.
En el hormigón, entre dos adoquines, en un tejado o bajo el agua, sus pétalos rojos llenan el aire de su energía poética.
Un floral empolvado sensual, un sutil equilibrio en torno a tres acordes, firmado por Alberto Morillas.
Rosa, Violeta y Espino blanco firman el acorde floral; Vainilla, Almizcles blancos y Oppoponax crean el acorde empolvado, Bayas rosas e Incienso, el acorde vibrante.